El trágico accidente aéreo del pasado 23 de marzo, que dejó un saldo de 69 militares muertos, comienza a deslizarse hacia el olvido y la indiferencia. Más allá del dolor que produjo, el hecho dejó al descubierto dos reacciones inquietantes. La primera, su rápida politización en plena campaña presidencial: tanto desde la izquierda, encabezada por el presidente Petro, como desde la derecha, representada por la candidata Paloma Valencia, se instrumentalizó la tragedia para alimentar discursos de confrontación con una actitud completamente deshumanizante.
La segunda reacción, menos visible pero reveladora, es que muchos colombianos descubrieron -quizás por primera vez- la existencia de Leguízamo, un municipio fronterizo en el sur del país. Llegar allí desde Manizales no es fácil. Implica recorrer cerca de 16 horas por vía terrestre hasta Puerto Asís y luego navegar durante seis horas por el río Putumayo. No es un destino habitual para el ciudadano promedio, y precisamente ahí radica uno de los problemas más profundos: no solo enfrentamos una ausencia estatal, sino también una desconexión social y ciudadana frente a esos territorios.
Colombia sigue siendo un país que se mira desde sus centros urbanos, ignorando sistemáticamente sus periferias. En una columna anterior sobre el premio “Hábitat Latam” otorgado a Manizales, señalaba cómo las sociedades tienden a envanecerse con el reconocimiento. Esa lógica, trasladada al ámbito territorial, termina exacerbando un clasismo silencioso entre ciudades y municipios. Se consolida así una jerarquía que privilegia a las llamadas “ciudades importantes”, mientras margina a regiones rurales y fronterizas que, paradójicamente, son las que sostienen la soberanía del territorio nacional.
El centralismo se fortalece, y con él, modelos metropolitanos que concentran oportunidades y excluyen a quienes habitan lo que se suele denominar, con cierta condescendencia, la “Colombia profunda”. Leguízamo, el Putumayo y la Amazonía no son territorios marginales en la historia nacional. Han sido escenarios de procesos decisivos. Basta recordar tres momentos: la articulación entre el Estado, la Iglesia -a través de los misioneros Capuchinos- y la Policía para ejercer control sobre la Amazonía (1900); la explotación cauchera liderada por la Casa Arana, que derivó en uno de los episodios más atroces de violencia contra los pueblos indígenas e inspiró La Vorágine de José Eustasio Rivera; y la guerra con el Perú (1932), que consolidó la presencia militar y dio nombre al municipio en honor al soldado huilense Gerardo Cándido Leguízamo Bonilla.
La riqueza natural de la Amazonía también se expresa simbólicamente. El escudo de Leguízamo -con guacamayas, delfines rosados, ríos y elementos indígenas- es una de las más hermosas representaciones que sintetizan una identidad diversa. No basta con dirigir la mirada hacia el llamado “Sur Global” de los debates internacionales. Esta tragedia debería impulsarnos a mirar, con sentido crítico y auténtico compromiso, hacia el sur de nuestro propio país. Porque allí, en esos territorios lejanos y olvidados, se juega el verdadero significado de nación.
Adenda: En lo que va de año se ha presentando en promedio un accidente aéreo mensual con pérdidas humanas. ¿Cuándo llegarán las explicaciones?