Señor director:
Las misas eran un mundo aparte, denso y callado, en el que la fe no pedía explicaciones. Incomprendidas en su latín antiguo, cargaban una gravedad que se sentía en los huesos. El Yo pecador golpeaba de verdad el pecho, no era una frase ligera. El Gloria, estallaba, pleno de eco celestial. El Credo se extendía, largo, casi interminable, y enseñaba el peso de creer -una lección sobre lo eterno: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”-, no eran propuestas sino convicción; es decir, fe. El Sanctus te llevaba a las rodillas sin remedio, y el Padre Nuestro, severo, era una flecha hacia lo alto. El Santísimo era, sin énfasis, santísimo. Hasta el Dies irae, en la misa de difuntos, tenía su dulzura grave: un adiós que no necesitaba consuelo.
Las catedrales hablaban sin palabras. La luz, filtrada por vitrales, pintaba el aire; los ecos obligaban al silencio; los ropajes del oficiante no adornaban: separaban. Los órganos -inmensos- no acompañaban: rendían homenaje. Ahí no se charlaba entre nosotros; se estaba ante Dios. La música elevaba, todo apuntaba a un Todopoderoso que imponía respeto -ese temor sano, mezcla de asombro y temblor- y a un Jesús herido que, desde la cruz, pedía amor y piedad.
Entrar en una iglesia era pasar a un reino de presencias silenciosas. No estabas solo: algo más te rodeaba, invisible pero no del todo.
Las cosas cambiaron. Se entra en espacios que parecen pedir perdón por ser altos o imponentes, como si la solemnidad fuera un exceso. Lo sagrado se muestra casi con vergüenza, pidiendo disculpas. La liturgia es llena de ruido, de ligereza, de ritos evidentes. El cura en tenis, el altar despejado. Todo tan claro, tan inmediato, que no hay lugar para el misterio. Lo que no se entiende, se explica. Y en esa prisa por la transparencia, se pierde la profundidad. Donde había sombras que invitaban a la fe -opacas, como un velo que esconde y revela-, ahora todo es visible, sin reserva ni abismo.
La nostalgia no es por los ritos antiguos, sino por un modo de estar en el mundo donde el más allá no era un planeta lejano ni una estrella. Las catedrales siguen ahí, mudas, abiertas con horario. Entran turistas, pagan, miran y se van. Para orar reservan un rincón cercado -este, por ahora, todavía gratis-.
Mi padre, ni rezandero ni fanático, nos llevaba a la iglesia. Impecablemente vestidos. Cualquier travesura se corregía de inmediato: aquí no se juega.
Luis Fernando Gutiérrez Cardona